Lisboa. Rua da Saudade
Los turistas se han quedado en la calle de abajo, adelante de la catedral medieval, en esta colina de Lisboa donde se yergue el castillo de São Jorge. Hemos actuado por iniciativa propia, porque la catedral (Sé, en portugués, contracción del latín sede, puesto que era también sede obispal) y el castillo de São Jorge son dos lugares obligados para el visitante, dos símbolos de la ciudad, de los pocos monumentos medievales respetados por el terrible terremoto que devastó Lisboa en 1755. Pero probablemente los hemos visto ya, por nuestra cuenta o con nuestros eventuales compañeros de viaje, o los veremos dentro de un rato, porque a los monumentos obligados de una ciudad no debemos ni podemos sustraernos. Aquí en cambio, en rua da Saudade, a pocos metos de la catedral, no viene nunca nadie. El ocasional visitante de Lisboa no tiene motivo alguno para venir, porque aparentemente no hay nada que lo justifique, y por esa razón la guía que llevamos en el bolsillo, que es de las más minuciosas, seguramente tampoco nos la señale.
Pero hay razones que escapan incluso a las mejores guías. En este caso, la saudade, a la que por otro lado está dedicada esta pequeña calle. Saudade es una palabra portuguesa de ardua traducción, puesto que es una palabra-concepto, de modo que es trasladada a otros idiomas de manera aproximativa. En cualquier diccionario la encontraremos traducida como "nostalgia", palabra excesivamente joven (fue acuñada en el siglo XVIII por el médico suizo Johannes Hofer) para un asunto tan antiguo como la saudade. Si consultamos algún prestigioso diccionario portugués, como el Morais, tras la indicación de la etimología soidade o solitate, es decir "soledad", nos dará una definición muy compleja:
Melancolía causada por el recuerdo de un bien perdido; dolor provocado por la ausencia de un objeto amado; recuerdo dulce y triste a la vez de una persona querida.
Se trata, por lo tanto, de algo desgarrador, pero que también puede enternecer, y no atañe exclusivamente al pasado, sino también al futuro, porque expresa un deseo que uno querría ver cumplido. Y aquí las cosas se complican porque la nostalgia del futuro es una paradoja. Acaso una correspondencia más adecuada podría ser el dìsio de Dante, que acarrea consigo cierta dulzura, visto que "enternece al corazón". En definitiva, ¿cómo podríamos explicar esta palabra?
Precisamente por eso, alejándonos unos cuantos metros, hemos venido hasta aquí. Porque desde lo alto de esta pequeña calle la mirada abarca toda la ciudad y la enorme desembocadura del Tajo. Y, un poco más adelante, el Óceano, y el horizonte infinito. El desconocido portugués que dio su nombre a esta calle sin duda había contemplado a la perfección el panorama. Un gran lingüista ha dicho que es imposible explicar el sentido de la palabra queso a una persona que nunca haya probado el queso. Para comprender qué es la saudade, por lo tanto, nada mejor que experimentarla directamente. El mejor momento es obviamente el atardecer, que es la hora canónica de la saudade, pero se prestan perfectamente a ello también ciertas tardes de niebla atlántica, cuando sobre la ciudad desciende un velo y se encienden las farolas. Allí, a solas, contemplando el panorama que se abre ante nosotros, tal vez nos asalte una suerte de conmoción. Nuestra imaginación, haciéndole un quiebro al tiempo, nos hará pensar que una vez que volvamos a casa y a nuestras costumbres, nos invadirá la nostalgia de un momento privilegiado de nuestra vida en la que estábamos en una hermosa y solitaria callejuela de Lisboa contemplando un panorama conmovedor. Pues bien, la suerte está echada: estamos sintiendo nostalgia del momento en que estamos viviendo en ese momento. Es una nostalgia al futuro. Hemos experimentado en carne propia la saudade.
Comentarios
Publicar un comentario