Ir al contenido principal

Arrullo - Francisco Buarque de Hollanda

Duerme, mi pequeña
No vale la pena despertar
Duerme, mi pequeña
No vale la pena despertar

Voy a salir por ahí afuera
detrás de la aurora más serena

Duerme, mi pequeña
No vale la pena despertar
Duerme, mi pequeña
No vale la pena despertar



Dorme, minha pequeña / Não vale a pena despertar / Dorme, minha pequena / Não vale a pena despertar // Eu vou sair por aí afora / Atrás da aurora mais serena // Dorme, minha pequena / Não vale a pena despertar / Dorme, minha pequena / Não vale a pena despertar //


Comentarios

Entradas populares de este blog

Otra noche - Francisco Buarque de Hollanda

Otra noche, otro sueño. Como si soñase el sueño de otro dueño. Otro humo, otra ceniza, otra mañana. Muerdo la fruta, otro el jugo. Ando por la misma casa, otro aplomo. Otra sombra, otoño, lluvia, temporal. ¿Acaso no vi ya, de modo impersonal y en tiempo diferente un día extrañamente igual? Días iguales, avaricia de Dios, pasando indiferentes por mis extrañados ojos. Otros ojos en tu rostro. Pronuncio tu nombre y ya tu nombre es otro. Otra bruma, sombra de otro sueño,  alguien. Junio matinal, otoño, octubre y más.

Pedazo de mí - Francisco Buarque de Hollanda

Oh, pedazo de mí. Oh, mitad alejada de mí, lleva tu mirar, que la saudade es el peor tormento, es peor que el olvido, es peor que mi entreverar. Oh, pedazo de mí. Oh, mitad exiliada de mí, lleva tu señal, que la saudade duele como un barco que poco a poco dibuja un arco y evita así atracar. Oh, pedazo de mí. Oh, mitad arrancada de mí, lleva tu figura, que la saudade es inversa al parto, la saudade es ordenar el cuarto del hijo que ya murió. Oh, pedazo de mí. Oh, mitad amputada de mí, lleva lo que hay de ti, que la saudade duele, palpitante, es como algo punzante en el miembro que ya perdí. Oh, pedazo de mí. Oh, mitad adorada de mí, lava mi mirar, que la saudade es el peor castigo, y no quiero llevar conmigo la mortaja de amar. Adiós.

Mar y Luna - Francisco Buarque de Hollanda

Amaron su amor urgente, las bocas saladas por vientos de agua, la espalda azotada en las tempestades de aquella ciudad distante del mar. Amaron el amor sereno, de nocturnas playas, subieron sus faldas, la Luna testigo de su felicidad en aquella ciudad de ausencia lunar. Amaban su amor prohibido, pues hoy ya es sabido, la gente enterada, una iba mareada, grávida de Luna, y la otra desnuda, ávida de mar. Y fueron quedando marcadas, entre carcajadas, con escalofríos, mirando hacia el río tan lleno de Luna que aún continúa corriendo hacia el mar. Siguieron el río hacia abajo, rodando en su lecho, tragando el agua, flotando entre algas, arrastrando hojas, cargando flores, deshaciéndose. Y fueron formando peces, formando conchas, formando piedras, formando arena, plateada arena, con Luna llena y junto al mar.